15/3/16

Dioses del alba de los tiempos

En el alba de los tiempos el universo era un oscuro caos, una negra masa de nada. El cielo y la tierra no estaban separados, y tampoco lo estaban el día y la noche; y el sol, la luna y las galaxias no existían. Es inconcebible para el hombre imaginar una situación donde no existe nada y, para que este espacio y tiempo pareciera más real, algunos pueblos pensaron que sería semejante a un inmenso huevo. En esta oscura masa dice nació la primera criatura del universo y se llamó Pangu.
Pangu creció en la envolvente oscuridad y durmió, y su sueño duró varios miles de años. Cuando finalmente despertó, se había convertido en un gigante que, al darse cuenta de que vivía en un caos, decidió poner orden. Tomó en sus manos una pesada hacha, (si bien no sabemos dónde la consiguió), y con un poderoso golpe partió el huevo en pedazos. Los elementos más ligeros se elevaron flotando hacia lo alto y se convirtieron en el cielo; los elementos más pesados se precipitaron hacia abajo para convertirse en la tierra.
Cuando los elementos se separaron, bajo el impacto del golpe, Pangu tuvo miedo de que volvieran a juntarse, de modo que con las manos empujó el cielo, mientras con los pies presionaba hacia abajo la tierra para mantenerla distante del cielo. Su fuerza era tal que cada día empujaba el cielo más de un zhang (cerca de tres metros), y cuanto más retrocedía el cielo más alto se hacía Pangu hasta que al fin se quedó sosteniendo el firmamento como un pilar. Permaneció así eras enteras hasta que el cielo y la tierra se solidificaron y dejó de existir el peligro de que volvieran a formar el caos oscuro del que habían emergido.
Dándose cuenta de que había llevado a cabo su tarea, Pangu decidió echarse a descansar. Sin embargo, muchos miles de años habían pasado desde que naciera en el interior del informe huevo y ahora era tan viejo de cuerpo y espíritu, que su sueño se hizo más y más profundo llevándole lentamente hacia la muerte. Pero Pangu no regresó a la oscuridad de la que había salido. Cuando murió, su cuerpo se transformó, creando el mundo tal como hoy lo conocemos: su aliento se convirtió en viento y nubes; su voz, en trueno; su ojo izquierdo se convirtió en el sol; su ojo derecho, en la luna; su cuerpo y sus miembros, en cadenas montañosas; su sangre, en ríos. Cada una de las partes de su cuerpo se volvieron partes de la naturaleza. Su pelo se trocó en árboles y flores; los parásitos de su piel, en animales y peces; y sus huecos en toda la suerte de piedras preciosas y minerales. Hasta su sudor se convirtió en rocío.
Así pues el gran gigante Pangu, primer ser viviente del universo, creó el mundo que conocemos, dando todo lo que poseía en beneficio de la tierra y de las gentes que pronto la habitarían. El cielo y la tierra permanecieron separados y distantes, si bien luego algunos hombres creerían que las montañas formadas por el cuerpo de Pangu eran pilares que soportaban la azul bóveda del cielo.
Aunque el universo había tomado forma y estaba ya completo con sol, luna, montañas, ríos, plantas y animales, todavía faltaba el ser humano.

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