23/3/16

El hambre de Tragoncete



En lo más profundo de la montaña, vivían mamá Osa, papá Oso y sus dos oseznos.
Cada día solían alimentarse con nueces, castañas, peces que pescaban en un río cercano y algún que otro panal de rica miel.
A uno de los oseznos lo llamaban Trangoncete Porque era muy comilón y, comiese lo que comiese, siempre se quedaba con hambre.
Una mañana de otoño, Trangoncete se acercó a un nogal, miró hacia arriba y vio que las ramas estaban llenas de frutos. Se levantó sobre sus patas traseras y extendió los brazos. Ni aun así pudo alcanzarlos. Intentó trepar por el tronco del árbol, pero apenas subía un poco, se escurría de nuevo hacia el suelo.
En vista de que no llegaba a las nueces, empezó a mover con fuerza el tornco del nogal para que los frutos cayeran al suelo. Cayeron algunos que ya estaban maduros, y cuando terminó de comer, Trangoncete se marchó.
Al día siguiente, después de comerse unos cuantos peces del río, el oso se acordó de su postre favorito y volvió al nogal del que se había alimentado el día anterior.
Esta vez no lo dudó. Cuando se acabaron las nueces que estaban caídas por el suelo, volvió a mover con fuerza el tronco del nogal para que cayeran más frutos. Tanto lo movió que arrancó el árbol de cuajo y este cayó al suelo con gran estrépito.
Tragoncete se puso muy contento. Ahora tenía a su alcance todos los frutos del árbol. Pero como eran muchos, se comió los más maduros y dejó el resto para otra ocasión.
A los pocos días, Tragoncete y su familia fueron a visitar a unos parientes que vivían al otro lado de la montaña. En aquel lugar apenas había panales de abejas, ni castañas, y el río estaba tan sucio que tenía pocos peces.
Tragoncete se acordaba de su árbol y tenía ganas de volver a casa. Cuando por fin, al mes siguiente, volvieron a su territorio, el oso vio con tristeza que del hermoso árbol que él recordaba no quedaba nada. Solo había un tronco seco y desnudo en el suelo.
Entonces comprendió que para poder vivir y alimentarse es muy importante respetar y cuidar la naturaleza.
Y aquí acaba este cuento de pan y pimiento.

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