12/2/14

El precio del humo


Un día, un campesino fue a la ciudad a vender sus productos. De regreso a casa, entró en una posada a descansar un rato. Como era día de mercado, la posada se encontraba llena de gente.
- ¿Qué quieres comer? - le preguntó el posadero.
- Una hogaza de pan y un jarrillo de vino - respondió el campesino.
Mientras el posadero se alejaba, el campesino fijó sus ojos en una pieza que estaba asándose en la chimenea y que desprendía un olor delicioso. ¡Cuánto le gustaría tomar un poco de aquella carne! Pero... ¡a saber cuánto costaba!
Al cabo de un rato, el posadero regresó con el pan y con el jarrillo de vino. 
El campesino empezó a comer sin poder apartar los ojos del asado... ¡olía tan bien!
De pronto, tuvo una idea. Se levantó con el pan en la mano y se acercó al fuego. Colocó el pan sobre el humo que despedía el asado y esperó unos minutos. Cuando el pan se impregnó bien de aquel olor tan suculento, lo retiró del fuego y se dispuso a comer. Pero al ir a morderlo oyó una voz que gritaba:
- Te crees muy listo, ¿verdad? Intentabas engañarme, pero tendrás que pagar lo que me has robado. 
Los gritos del posadero despertaron la curiosidad de la gente.
Las conversaciones se interrumpieron y todo el mundo miró hacia los dos hombres.
- Yo... yo no te he quitado nada. Te pagaré el pan y el vino - dijo el campesino.
- Sí, claro... ¿y el humo, qué? ¿Acaso no piensas pagarlo?
El campesino, sin salir de su asombro, intentaba defenderse:
- El humo no vale nada, pensé que no te importaría...
- ¿Cómo que el humo no vale nada? Todo lo que hay en esta posada es mío.
Y quien lo quiera, debe pagar por ello.

En ese momento, un noble que se encontraba comiendo en la posada con otros ilustres caballeros intervino en la discusión:
- ¡Cálmate, posadero! ¿Cuánto pides por el humo?
- Me conformo con cuatro monedas - respondió satisfecho el posadero.
El pobre campesino exclamó preocupado:
- ¡Cuatro monedas! Es todo lo que he ganado hoy.
Entonces el noble se acercó al campesino y le dijo algo en voz baja.
El campesino abrió su bolsa y le dio sus cuatro monedas al caballero.
- Escucha, posadero - dijo el noble haciendo sonar en su mano las monedas -.
Ya estás pagado.
- ¿Cómo que ya estoy pagado? ¡Dadme las monedas!
˂˂ ¡Clin, clin! ˃˃, sonaban las monedas en la mano del noble.
- ¿Las monedas? - preguntó el noble -. ¿Acaso se comió la carne el campesino?
Él sólo cogió el humo. Pues para pagar el humo del asado bastará con el ruido de las monedas.
Y ante las risas de todos, el posadero no tuvo más remedio que volver a su trabajo y dejar marchar tranquilamente al campesino.

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