22/10/15

Letras nutritivas


Claro que de pequeño había comido letras en la sopa, pero comerse una A recortada en papel blanco le produjo una sensación desconcertante. Había recortado la A con cuidado, poco a poco, con unas tijeras enormes, mientras observaba, aburrido, la tarde que caía más allá de los ventanales de la terraza. Era una de esas tardes tristes en que no sabeís qué hacer y os encontráis aferrándoos a la pequeña rutina de regar las plantas, quitar el polvo a los libros de la estantería más alta, cortaros las uñas, hasta que en la mano no os quedan más que las tijeras, complacidas en recortar formas sin sentido, y una de las formas adopta, porque sí, la forma de una A, y ahora se la comía codiciosamente, como si probase un plato sublime. Cuando hubo acabado la A, recortó la B; luego una C, y una D, y se las tragaba cada vez con más gusto. Cuando la noche fue ya una rebanada negra empezó a formar palabras cortas - TE, SE, PAN, DOS, CASA, JUAN - que se comía con deleite. Dos días más tarde descubrió que ya no le hacía falta comer otras cosas, que con las letras le bastaba para alimentarse. No le hacía falta ni fruta ni leche ni carne ni legumbres ni pescado. Los alimentos convencionales le dejaban cada vez más indiferente y, dos semanas más tarde, empezó a notar que más bien le repugnaban.
También empezó a saber distinguir una letras de las otras, no tanto las sustancias de que estaban hechas (eso no tenía importancia: bien pronto se dio cuenta de que este detalle no influía en absoluto en el grado de nutrición ni en el sabor) como los diferentes tipos, cuerpos y variantes.
Al cabo de dos meses, devoraba periódicos, revistas, prospectos farmacéuticos, libros, cajas ligeras de cartón y pequeños rótulos luminosos que poco a poco fueron aumentando de volumen; y una cena no era una cena como es debido si no incluía algún volumen de la Enciclopedia y alguna letra de tubo de neón. Compró grandes cantidades de letraset. 
De noche, entraba en las imprentas y devoraba todos los caracteres que podía. Suplantaba a los linotipistas y se tragaba las barras de plomo tal como iban saliendo de la máquina. Descubrió las excelencias gastronómicas del alfabeto griego (que fueron compensando la primera impresión de pesadez que le produjeron), el placer del cirílico, el sabor exótico de los signos chinos, las diferencias entre el tailandés y el camboyano, la grasa del árabe. Devoraba abecedarios como quien respira. Lo único que le faltaba en este mundo era tiempo, porque había conseguido la felicidad por el camino de la literofagia; el día, la noche, la vida entera, tenían un objetivo único: probar nuevos caracteres.
¡Sin embargo, la volubilidad! Tres años después, las letras empezaron a hartarlo de forma irreversible. Unos meses más tarde ya le asqueaban. Afortunadamente, por aquella misma época empezó a desarrollar un progresivo interés por los barcos en miniatura. 

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