20/3/16

La noche de las lechuzas

La primera luna nueva del mes de julio, después de la cena, todos los niños del pueblo se reunían en la puerta de la casa de don Ventura. Inquietos pero en silencio, esperaban a que don Ventura terminara su cena y se iniciara el episodio que todo el pueblo conocía como "la noche de las lechuzas".
Casi todos llevabanun jersey en una mano y un pañuelo recién planchado en la otra.
Los niños estaban sentados en la acera o apoyados en la pared. Unos esperaban ya desde las ocho de la tarde, otros iban llegando en el último momento, acompañados por sus padres, que les daban un beso y se marchaban.
Don Ventura asomó la cabeza por la puerta, con unas servilleta colgando del cuello, terminando de comerse una naranja:
- Enseguida salgo - dijo.
A los pocos minutos apareció, también con un pañuelo en la mano:
- Buenas noches a todos. ¿Estáis preparados?
- Buenas noches - contestaron en un murmullo los niños, extendiendo los pañuelos como si pidieran las dos orejas y el rabo para don Ventura.
- ¿Sabéis hacer los cuatro nudos? - preguntó don Ventura.
Se oyó un nuevo murmullo, pero esta vez más apagado. La mayoría sabía hacer los nudos, pero don Ventura los fue repasando uno a uno, diciendo "muy bien" o arreglando los que estaban mal atados.
Se trataba de hacerle al pañuelo un nudo en cada punta, de forma que al colocarlo sobre la cabeza encajara perfectamente.
Cuando todos tuvieron su pañuelo bien encasquetado en la cabeza, don Ventura, con rápidos movimientos, preparó el suyo y, entonces, mandó guardar los pañuelos para sacarlos solo en el momento de la verdad.
- ¡Pañuelos al bolsillo! - ordenó.
Inmediatamente comenzó la expedición.
Don Ventura se internó en el pinar, y fue seguido por los niños en fila india y en absoluto silencio.
A los pocos minutos llegaron a un claro en el centro del pinar. Don Ventura fue sentando a los niños de modo que entre uno y otro hubiera dos metros de distancia.
Cuando estuvieron todos sentados, don Ventura se colocó su pañuelo y, a continuación, los niños fueron poniéndose los suyos.
No era necesario explicar lo que vendría después, todos lo conocían. Era muy importante permanecer rígidos y quietos, sin moverse en absoluto, ni siquiera para respirar.
Al cabo de unos quince larguísimos minutos: "plas-plas-plas", se escuchó el aleteo de una lechuza posándose suavemente en la cabeza de unos de los niños. La emoción de todos era inenarrable. Nadie podía volver la cabeza, pero todos sabían que la primera lechuza estaba allí y el niño que la tenía encima contenía la respiración mientras experimentaba la maravillosa sensación de sentir el peso de la lechuza sobre su cabeza.

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