6/3/14

El zurrón que cantaba

Había una vez una mujer que no tenía más que una hija a la que quería muchísimo y, a la que había regalado una gargantilla de coral.
Un día, la niña le pidió a su madre que le hiciese unos bizcochos de miel. Como faltaba agua, la mujer le dio un cántaro a su hija y la mandó a buscarla a una fuente que estaba alejada de la casa, junto a un bosque de robles.
Fue la niña y, cuando llegó a la fuente, se quitó su gargantilla de coral para que no se le cayese al agua mientras llenaba el cántaro.
Junto a la fuente estaba sentado un hombre muy feo, que llevaba un zurrón. Miró a la niña con unos ojos que le dieron miedo. Apenas llenó el cántaro, la chiquilla echó a correr y dejó olvidada la gargantilla. Al entrar en su casa, la echó de menos y volvió a la fuente para buscarla. Cuando llegó la niña, el hombre seguía allí, la cogió y la metió en el zurrón.
Luego, el hombre se fue a pedir dinero de puerta en puerta, diciendo que traía una maravilla, un zurrón que cantaba.
- Ya se ve que es un zurrón - dijieron las gentes -, pero queremos oírlo.
Entonces el hombre, con voz de trueno dijo:
Canta, zurrón canta,
si no, te doy con la tranca.
La pobre niña muerta de miedo, no tuvo más remedio que ponerse a cantar. Entonces se oyó una voz muy triste que decía así:
Por agua fui a la fuente
que está fuera de mi hogar
y perdí mi gargantilla,
gargantilla de coral.

¡Ay, la madre de mi alma,
qué enfadada se pondrá!

Volví enseguida a la fuente
por si podía encontrar
mi perdida gargantilla,
gargantilla de coral.

¡Ay, la madre de mi alma
qué apurada que estará!

No encontré mi gargantilla
y perdí mi libertad.
¡Ay, la madre de mi alma
qué apenada que estará!
Cantaba tan bien la niña, que a toda la gente le gustaba mucho oírla. Así, por todas partes que iba, le daban al viejo mucho dinero para que cantase el zurrón.
Yendo de casa en casa, llegó el hombre, por fin, a la de la madre de la niña. La mujer, al oír la canción, reconoció la voz de su hija, pero no se atrevió a decir nada por miedo a que aquel malvado huyese llevándose a la pequeña.
Entonces le dijo al hombre:
- Señor, hace muy mal tiempo, el viento arrecia y llueve a cántaros. Quédese aquí esta noche resguardado y le daré de cenar.
El hombre pensó que no era mala idea y aceptó la invitación. La mujer le dio tantísimo de comer y de beber que se infló, de manera que, después de cenar, se quedó dormido como un tronco.
Entonces, sacó del zurrón a su hija, que estaba la pobre heladita y desfallecida, y colmándola de besos le dio bizcochos de miel y la acostó bien arropada en su cama. En el zurrón metió un perro y un gato y lo volvió a cerrar.
A la mañana siguiente, el viejo se despidió y se fue.
Cuando llegó a la primera casa dijo:
Canta, zurrón canta,
si no, te doy con la tranca.
El perro, al recibir los palos, ladró:
- Guau, guau.
Y el gato añadió:
- Miau, miau.
Enojado el hombre, creyendo que así cantaba la niña, abrió el zurrón para castigarla, y salieron rabiando el perro y el gato. 
El gato se le abalanzó sobre la cabeza y le arrancó los pocos pelos que tenía, y el perro le dio un mordisco y le rompió los pantalones.
Cuentan que todavía va corriendo por los caminos perseguido por el perro y el gato.


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