23/3/16

El Hijo del Rey


Hace muchos años, en un país muy lejano, vivió un rey que tenía un solo hijo.
Cuando fue anciano y sintió que le faltaba poco para morir, llamó a su hijo, el príncipe, y le dijo:
- Hijo, siento que las fuerzas ya no me acompañan, ya soy muy mayor y tú pronto te convertirás en rey, recuerda siempre esto: debes ser justo y bueno.
El hijo prometió seguir sus consejos. Al poco tiempo el padre murió.

Una vez que el joven príncipe accedió al trono, se olvidó de sus promesas y comenzó a dar órdenes sin sentido ni razón:
- ¡Que me traigan los mejores caballos del reino para que yo pasee cada día sobre uno de ellos!
- ¡Que maten a todos los faisanes! ¡Quiero que me hagan un colchón con sus plumas!
- ¡Que sieguen todos los campos de trigo y que el pastelero real haga con la harina un pastel gigante!
Si alguno de sus súbditos intentaba resistirse a sus órdenes, o trataba de explicarle que aquello no era conveniente y que corría el riesgo de ser injusto con su pueblo, el joven rey ordenaba:
- ¡Que le corten la cabeza!
Las gentes estaban cada vez más preocupadas y pensaban que un rey tan caprichoso no conduciría a nada bueno.

Vivía en aquel país una viuda con sus tres hijas. Tenía una casita en lo más profundo del bosque. No sabía nada del joven rey, ya que rara vez recibía noticias de fuera. Madre e hijas se dedicaban a cultivar la tierra y a criar gallinas para poder comer los huevos que les daban.
La menor de las tres hijas cultivaba flores en el pequeño jardín que rodeaba la casa. Tenía la variedad de flores que cualquiera que pasara por allí, no podía por menos que admirar sus colores, su perfume y su beleza.
Ella las cuidaba con todo su cariño e incluso hablaba con ellas.

Un día, el joven rey decidió internarse en el bosque. Iba solo porque ya nadie quería acompañarle voluntariamente, para conseguirlo hubiese tenido que ordenarlo con amenazas.
Caminaba contrariado y percibía que todos se alejaban de su lado con frialdad.
Después de recorrer un buen trecho, descubrió la casa de la viuda y decidió entrar en ella para descansar.
La viuda acogió al joven rey como si fuera un forastero y mandó a sus tres hijas que le atendieran debidamente.
Antes de saludar siquiera, el supuesto viajero dijo:
- ¡Tengo sed! ¡Quiero un zumo de frutas tropicales!
La hija mayor le ofreció un vaso de agua recién cogida de la fuente pensando que aquel joven estaba algo mal de la cabeza y no sabía dónde se encontraba.
- ¡Tengo hambre! - dijo a continuación -.
¡Quiero un guiso de carne de jabalí con huevos de avestruz!
La segunda hermana le ofreció una pechuga de pollo y dos huevos de gallina fritos mientras decía:
- Esto es lo que hay.
Como el rey tenía verdaderamente hambre y sed, comió y bebió sin rechistar.
Cuando hubo terminado, salió al jardín, y al ver las flores que allí había, se quedó totalmente extasiado.
- ¡Quiero todas esas flores!
La hermana pequeña, que había estado observando la extraña conducta del forastero, contestó:
- Eso es imposible, las flores de este jardín necesitan cuidados y viendo vuestros modales, no creo que duraran apenas unas horas en vuestras manos.
- ¿Cómo os atrevéis? - dijo el rey -.
El joven no daba crédito a lo que estaba oyendo, al tiempo que un extraño interés se estaba despertando en él por todo lo relacionado con aquella casa.
- He dicho que quiero llevarme las flores - insistió -.
Al ver que la pequeña le miraba a los ojos, el rey cambio el tono de su voz y dijo:
- ¡Por favor!, me gustaría llevarme algunas de las flores allá donde vivo.
La hija pequeña percibió que el joven trataba de cambiar sus modales y aunque veía que no acababa de conseguirlo del todo, le dijo:
- Antes de daros cualquiera flor de este jardín, he de ver si sabréis cuidarlas. Toma estas semillas, plantadlas en vuestro jardín, y al cabo de un año, volved con las flores que hayáis obtenido de ellas. No podéis regresar antes del año, pues vuestras plantas se secarían.
El rey tomó las semillas y partió.
Al llegar al castillo, sus súbditos percibieron algo raro en su conducta. Permanecía pensativo largo tiempo y cuidaba sus semillas con tal delicadeza y esmero que a todos sorprendió.

Al cabo de un año, en las macetas en las que plantó las semillas habían brotado unos pensamientos con tal combinación de colores que parecían fruto de la imaginación.
Cuando el tiempo fijado llegó a su cumplimiento, el rey se encaminó hacia la casa del bosque. Allí se encontró esperándole a la hija menor que, al ver las flores del joven, no dudó de los excelentes cuidados que les había proporcionado.
- Lo habéis conseguido - le dijo -.
Y he aquí que él se las ofreció como prueba de su amor, y ella, sintiendo que el ofrecimiento del rey era sincero, aceptó la ofrenda y se fue a vivir con él para siempre.
Desde entonces el reino gozó de un gobierno justo para todos y se hicieron realidad los deseos del anciano rey. 

1 comentario:

  1. El hijo del Rey siempre fue un cuento que me ha gustado de oír cuando era peque. Ahora se lo cuento a mis niños Juan de 5 años y Valeria de 3 años

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