25/3/14

Cosas de caballeros

Barcelona les pareció a don Quijote y Sancho una ciudad hermosa e importante; pero lo que más les impresionó fue el mar, al que nunca antes habían visto. ¡El mar!, tan inmenso o más aún que las inmensas llanuras de La Mancha. ¡El mar de Barcelona! Azul o gris, tranquilo o encrespado, según el tiempo, constantemente surcado por galeras o naos que atracaban todos los días en el puerto, que era un auténtico hervidero de gente, un constante ir y venir de marineros y comerciantes. La playa, en cambio, solía ser un remanso de paz, un tranquilo lugar en el que recobrar la serenidad y sosegar los ánimos alterados o entristecidos. Sin embargo, fue precisamente en aquella playa donde don Quijote recibió el más duro golpe de su vida, y nunca mejor dicho lo de golpe, pues por cierto lo fue, y en más de un sentido.
Paseaba por la playa, tranquilamente montado en Rocinante, eso sí, armado hasta los dientes, puesto que caballero andante seguía siendo, y los andantes rara vez dejan sus armas en casa. Como digo, paseaba don Quijote tranquilo y contento, acompañado de su fiel Sancho, cuando de pronto vio cabalgar hacia él a otro caballero. Montaba sobre un muy grande, hermoso y fuerte caballo, iba armado de punta en blanco y, en el pecho, llevaba pintada una brillante luna. 
- Insigne caballero don Quijote de la Mancha, mucho he oído hablar de vuestras hazañas y de vuestra valentía. Yo soy el caballero de la Blanca Luna y vengo a desafiaros para que reconozcáis que vuestra señora doña Dulcinea del Toboso es mucho menos bella de lo que será mi dama el día que la tenga, pues aún no la tengo - le explicó enseguida aquel desconocido.
Don Quijote parpadeó un momento, y pasado el primer pasmo, habló con palabras solemnes y dijo algo así:
- Caballero de la Blanca Luna, estoy seguro de que nunca habéis visto a mi señora Dulcinea, pues en tal caso sabríais que no puede haber otra que ni siquiera se le parezca.
De todas formas, ¡acepto vuestro desafio!
Sancho y algunas personas que paseaban cerca trataron de impedirles que lucharan, pero, por más razones que les dieron no lo lograron, pues el caballero de la Blanca Luna seguía en sus trece, y don Quijote, en sus catorce.
De modo que, en un determinado momento, arremetieron el uno contra el otro. La suerte estaba echada desde el principio, pues Rocinante era viejo y muy flaco, aunque el pobre hacía lo que podía, y el otro caballo era joven y muy fuerte, por lo que, al primer encontronazo, don Quijote y su caballo dieron con sus huesos en el suelo, y en él se quedaron, pues no tenían fuerzas ni para menearse.

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