20/6/16

Hello Kitty, mucho mas que una gatita


Desde su creación el personaje ficticio de Hello Kitty ha tenido un enorme éxito mundial que aún hoy persiste. 
Como ya hemos mencionado, Hello Kitty es un personaje ficticio, producido por la compañía japonesa Sanrio y que ha sido por mucho tiempo la más popular de esta compañía. Fue diseñada por Yuko Shimizu y el primer producto, un monedero de vinilo, se lanzó en Japón en 1974 y en los Estados Unidos en 1976. Tras el primer diseño realizado por Shimizu, Yuko Yamaguchi se convirtió en la diseñadora oficial de Hello Kitty y lleva más de veinte años diseñando todo tipo de productos, accesorios y complementos de Hello Kitty.
El personaje es una gata con moño blanco con forma antropomorfa muy geométrica, con un distintivo lazo u otra decoración en su oreja izquierda. En 1976 obtuvo derechos de autor y actualmente es una marca conocida internacionalmente. La línea de Hello Kitty genera unos 250 millones de euros anuales por la venta de licencias. Existe un parque temático oficial propiedad de Sanrio, conocido como Sanrio Puroland.
Originariamente se lanzó a la venta solo para niñas. En la década de 1990 el mercado objetivo de Hello Kitty se amplió para incluir a los adolescentes y los adultos como una marca retro. Pensando en aquellos que de niños no habían podido adquirir los productos de Hello Kitty, o los que recordaban con cariño sus artículos, Sanrio comenzó a vender productos de marca Hello Kitty como bolsos y portátiles
En la actualidad se puede decir que todo los niños conocen a Hello kitty, la dulce gatita de lazo rojo. Y es que en los últimos años este personaje se ha popularizado tanto que  le resulta difícil pasar desapercibida.

30/3/16

La verdadera historia de Hello Kitty

La leyenda de Hello Kitty dice que Akito Misai, japonesa, tenía una hija que tuvo problemas en la boca a los 3 años de edad, algunas versiones dicen que fue un cáncer, otras que era una enfermedad desconocida que le estaba destruyendo la boca, y lo que empezó como una llaga, ya se había carcomido varios centímetros de sus labios. Lo que si comparten todas las versiones, es que ya la enfermedad estaba en fase terminal, no había cura para su boca y amenazaba con avanzarle a otras partes del cuerpo. La madre de la niña, viendo que los médicos no le daban ninguna esperanza, decidió probar suerte en algunas iglesias y visitando sacerdotes. La enfermedad avanzaba, ella hacía promesas, rezaba a toda hora, pero nada cambiaba. Al final, ya sin otro recurso, la pobre madre decidió recurrir al Ocultismo. Había cierta secta satánica muy temida, pero la madre se armó de valor y, preguntando, dio con uno de sus miembros, este la esquivó, pero cuando ella le contó su historia, le preguntó:
- ¿está usted dispuesta a todo??? 
 -Si,lo que sea, le dijo la mujer. 
 Fue así que asistió a una sesión de magia negra, donde convocaron un demonio, la madre se asustó, trató de correr para levantar a la niña del altar donde estaba, pero no la dejaron, estaban todos tomados de la mano. El jefe de la secta le dijo que hiciera su petición, y ella en seguida le pidió al demonio que curara a su niña. 
Charmmy kitty, este demonio, absolutamente negro, y más parecido a una sombra que a un demonio como los pintan, le dijo que la curaría, pero que, a cambio, ella debería hacer un pacto con él. Le dijo que curaría a su hija, y que aparte le daría una muñeca que sería famosa en todo el mundo, y su trabajo sería solo confeccionarla, eso si, la muñeca no tendría boca, pues representa el pacto hecho para curar la boca a su hija. La madre estuvo de acuerdo, y fue así como nació la bella y dulce Hello Kitty. Por esta historia, algunos comentan que comprar esta muñeca, o sus calcomanía, es darle fuerza al demonio, ya que Hello Kitty, se entiende como Hello “Hola”, en Inglés, Kitty ”Demonio” en un idioma asiático. Lo que si es cierto es la escasez de datos acerca de la biografía de la diseñadora y su extraña desaparición de la empresa un año después. Otro dato es que varios satánicos llevan tatuado a Kitty en la piel e incluso circulan videos de misas negras con la imagen de la gatita que algunos llaman “la hija del demonio”.

26/3/16

Iu-iu-iu


Érase una vez una pequeña mariposa de colores que nació más tarde que todas sus hermanas. Cuando quiso echar a volar, el sol abrasaba ya los campos, y solo se oía cri-crí de las chicharras.
Se sintió sola y abandonada y salió en busca de su familia. Lentamente, levantó el vuelo y comenzó a gritar: "iu-iu-iu", que es el grito que utilizan las mariposas para llamarse entre ellas. 
Mientras volaba, los fuertes rayos de sol calentaron poco a poco sus alas hasta secar el polvo que le permitía volar, e incluso consiguieron traspasarlas. La mariposa cayó al suelo y se quedó con las alas rotas, sin aliento ni fuerzas para reemprender el vuelo.
Pasó por allí una cigüeña que iba camino de su nido, al ver a la mariposa le preguntó:
- ¿Qué te ha pasado, pequeña mariposa?
- Iu-iu-iu - respondió la mariposa.
La cigüeña, al ver que la mariposa no podía volar, la cogió suavemente con su largo pico y la llevó a su nido, donde estuvo curándola día y noche hasta conseguir que se recuperase. La mariposa le agradeció sus cuidados, y decidió reemprender el vuelo para intentar encontrar a su familia antes de que fuese demasiado tarde.
- Iu-iu-iu - se despidió la mariposa.
De repente, el cielo se cubrió de negras nubes que se movían a gran velocidad:
"¡brooom, broom!". Era una tormenta de verano que venía a resfrescar a los sedientos campos.
Empezaron a caer gotas, gordas como puños, cada vez más gordas. Cuando la mariposa sobrevolaba una laguna, una gran tromba de agua le hizo caer.
Una de las ranas que allí vivía observó su caída y corrió en ayuda de la pequeña mariposa. Se acercó a ella y la colocó sobre sus espaldas para llevarla a la orilla. Preparó un refugio de hojas y ramas que la protegiesen.
- Iu-iu-iu - repetía sin aliento ni fuerzas la mariposa.
Cuando terminó la tormenta, la mariposa y la rana se despidieron:
- Croac, croac. ¡Buen viaje, mariposa!
- Iu-iu-iu. Te agradezco tus cuidados, rana de la laguna.
Otra vez en camino, otra vez con fuerzas para repetir sin cesar su llamada: "Iu-iu-iu".
De pronto, la mariposa oyó cómo alguien, a lo lejos, repetía su llamada, y empezó a volar más y más rápido. No sabía que en ese momento volaba entre las montañas del Señor Eco y que este se dedicaba a repetir y repetir todos los sonidos que escuchaba.
Cuando ya no podía más, la mariposa divisó a lo lejos una mancha de muchos colores. Se fue acercando a ella a la vez que se preguntaba:
- Iu-iu-iu. ¿Qué ven mis ojos?
Era un prado lleno de margaritas, amapolas y pequeñas florecillas de muchos colores...
La mariposa se sintió feliz y comenzó a saltar de flor en flor. Se hizo de noche, y en su silencio oyó un sonido que le resultaba conocido:
- Iu-iu-iu - creía escuchar la mariposa.
Levantó una y otra vez las antenas, movió las alas, saltó de flor en flor hasta descubrir, debajo del pétalo de un girasol, a un animal muy parecido a ella.
Comenzó un baile de reconocimiento.
- Iu-iu-iu... - decía ella.
- Iu-iu-iu... - contestaba él. 
Pasó la noche y, al salir el sol, se les vio volar juntos, en dirección a la tierra de las mariposas, repitiendo el grito que conocían tan bien: Iu-iu-iu.

24/3/16

El traje nuevo del emperador


En un país muy lejano reinaba un emperador muy presumido. Se pasaba el día dando órdenes a sus sastres:
-Buscad los gusanos que fabriquen la seda más suave y hacedme una camisa con ella.
-Traed las ovejas más blancas del reino y hacedme un abrigo.
-Este pañuelo me raspa la nariz. Su algodón debe ser más fino.
El emperador se pasaba el día en el salón de los espejos mirándose en ellos. Todos los ciudadanos conocían este defecto del emperador.
Un día, dos astutos sastrecillos quisieron aprovecharse de la estupidez del emperador y maquinaron un engaño.
Se presentaron en el palacio diciendo que habían creado una tela maravillosa. Esta tela solo podía ser vista las personas inteligentes. Para los tontos, la tela era invisible.
El emperador rápidamente le encargó un traje.
Los sastres le tomaron las medidas, le pidieron hilos de oro para coser la maravillosa tela y fingieron que se ponían a trabajar. Por fin, un día, aparecieron con el deseado vestido.
-Mirad majestad, ¡qué traje tan maravilloso! ¡Tocad tela tan suave! ¡Ved qué bien os sienta!
El emperador, que se había quedado desnudo para probarse el traje, no veía nada, pero para que los demás no creyesen que era tonto, guardó silencio.
Sus ayudantes lo miraban asombrados y tampoco veían nada, pero todos decían:
-¡Qué taje más hermoso! ¡Qué elegante estáis con él!
El primer ministro pidió al emperador que saliese al balcón para que la gente admirase su vestido y el emperador, asustado, salió.
La gente se quedó en silencio al ver al emperador desnudo. Entonces, un niño exclamó:
-¡El emperador está desnudo! ¡No lleva nada encima!
y la gente, al oír esta gran verdad, empezó a reírse a carcajadas. El emperador, avergonzado, se dio cuenta de su estúpida vanidad. Y recompensó a aquel niño por ser el único ciudadano sincero.

23/3/16

El Hijo del Rey


Hace muchos años, en un país muy lejano, vivió un rey que tenía un solo hijo.
Cuando fue anciano y sintió que le faltaba poco para morir, llamó a su hijo, el príncipe, y le dijo:
- Hijo, siento que las fuerzas ya no me acompañan, ya soy muy mayor y tú pronto te convertirás en rey, recuerda siempre esto: debes ser justo y bueno.
El hijo prometió seguir sus consejos. Al poco tiempo el padre murió.

Una vez que el joven príncipe accedió al trono, se olvidó de sus promesas y comenzó a dar órdenes sin sentido ni razón:
- ¡Que me traigan los mejores caballos del reino para que yo pasee cada día sobre uno de ellos!
- ¡Que maten a todos los faisanes! ¡Quiero que me hagan un colchón con sus plumas!
- ¡Que sieguen todos los campos de trigo y que el pastelero real haga con la harina un pastel gigante!
Si alguno de sus súbditos intentaba resistirse a sus órdenes, o trataba de explicarle que aquello no era conveniente y que corría el riesgo de ser injusto con su pueblo, el joven rey ordenaba:
- ¡Que le corten la cabeza!
Las gentes estaban cada vez más preocupadas y pensaban que un rey tan caprichoso no conduciría a nada bueno.

Vivía en aquel país una viuda con sus tres hijas. Tenía una casita en lo más profundo del bosque. No sabía nada del joven rey, ya que rara vez recibía noticias de fuera. Madre e hijas se dedicaban a cultivar la tierra y a criar gallinas para poder comer los huevos que les daban.
La menor de las tres hijas cultivaba flores en el pequeño jardín que rodeaba la casa. Tenía la variedad de flores que cualquiera que pasara por allí, no podía por menos que admirar sus colores, su perfume y su beleza.
Ella las cuidaba con todo su cariño e incluso hablaba con ellas.

Un día, el joven rey decidió internarse en el bosque. Iba solo porque ya nadie quería acompañarle voluntariamente, para conseguirlo hubiese tenido que ordenarlo con amenazas.
Caminaba contrariado y percibía que todos se alejaban de su lado con frialdad.
Después de recorrer un buen trecho, descubrió la casa de la viuda y decidió entrar en ella para descansar.
La viuda acogió al joven rey como si fuera un forastero y mandó a sus tres hijas que le atendieran debidamente.
Antes de saludar siquiera, el supuesto viajero dijo:
- ¡Tengo sed! ¡Quiero un zumo de frutas tropicales!
La hija mayor le ofreció un vaso de agua recién cogida de la fuente pensando que aquel joven estaba algo mal de la cabeza y no sabía dónde se encontraba.
- ¡Tengo hambre! - dijo a continuación -.
¡Quiero un guiso de carne de jabalí con huevos de avestruz!
La segunda hermana le ofreció una pechuga de pollo y dos huevos de gallina fritos mientras decía:
- Esto es lo que hay.
Como el rey tenía verdaderamente hambre y sed, comió y bebió sin rechistar.
Cuando hubo terminado, salió al jardín, y al ver las flores que allí había, se quedó totalmente extasiado.
- ¡Quiero todas esas flores!
La hermana pequeña, que había estado observando la extraña conducta del forastero, contestó:
- Eso es imposible, las flores de este jardín necesitan cuidados y viendo vuestros modales, no creo que duraran apenas unas horas en vuestras manos.
- ¿Cómo os atrevéis? - dijo el rey -.
El joven no daba crédito a lo que estaba oyendo, al tiempo que un extraño interés se estaba despertando en él por todo lo relacionado con aquella casa.
- He dicho que quiero llevarme las flores - insistió -.
Al ver que la pequeña le miraba a los ojos, el rey cambio el tono de su voz y dijo:
- ¡Por favor!, me gustaría llevarme algunas de las flores allá donde vivo.
La hija pequeña percibió que el joven trataba de cambiar sus modales y aunque veía que no acababa de conseguirlo del todo, le dijo:
- Antes de daros cualquiera flor de este jardín, he de ver si sabréis cuidarlas. Toma estas semillas, plantadlas en vuestro jardín, y al cabo de un año, volved con las flores que hayáis obtenido de ellas. No podéis regresar antes del año, pues vuestras plantas se secarían.
El rey tomó las semillas y partió.
Al llegar al castillo, sus súbditos percibieron algo raro en su conducta. Permanecía pensativo largo tiempo y cuidaba sus semillas con tal delicadeza y esmero que a todos sorprendió.

Al cabo de un año, en las macetas en las que plantó las semillas habían brotado unos pensamientos con tal combinación de colores que parecían fruto de la imaginación.
Cuando el tiempo fijado llegó a su cumplimiento, el rey se encaminó hacia la casa del bosque. Allí se encontró esperándole a la hija menor que, al ver las flores del joven, no dudó de los excelentes cuidados que les había proporcionado.
- Lo habéis conseguido - le dijo -.
Y he aquí que él se las ofreció como prueba de su amor, y ella, sintiendo que el ofrecimiento del rey era sincero, aceptó la ofrenda y se fue a vivir con él para siempre.
Desde entonces el reino gozó de un gobierno justo para todos y se hicieron realidad los deseos del anciano rey. 

La gota viajera


Hace miles de años, la gotita Petra vivía en una nube suave y blanca como el algodón. Pero la gotita no estaba contenta, porque ella quería saber lo que ocurría abajo, en la Tierra.
Una mañana de primavera, Petra se asomó tanto al balcón de su nube que, sin querer, se cayó.
La gotita, que bajaba muy contenta flotando por el aire, fue a caer en la boca de un Dino, el dinosaurio más pequeño de la familia Rex. Dino, sin darse cuenta se la tragó.
Como estaba jugando con la tierra, Dino se manchó y a bañarse al río. Cuando más a gusto estaba, su hermano mayor lo empujó y Dino empezó a llorar.
-¡Bua, bua!
Y la gotita, que había entrado por la boca, salió despedida por los ojos en forma de lágrima. Las lágrimas cayeron al ría y Petra continuó su viaje.
Al principio, el viaje fue un poco ajetreado. La gotita viajaba cuesta abajo, saltando piedras, sortenado plantas... Pero poco a poco, el camino se hizo más tranquilo. Al cabo de un tiempo, la gotita se quedó asombrada. Había millones y millones de gotitas como ella formando un inmenso mar.
El mar estaba en calma y Petra empezaba a aburrirse, pero de repente... ¡zas!, se la tragó un boquerón. ¡Qué alegría, empezaba una nueva aventura!
Y así fue. El boquerón se despistó de sus hermanos y fue a parar a la barriga de un enorme bonito. Pero ahí no quedó la cosa. No habían pasado ni dos horas cuando el bonito cayó en las redes de un pescador. Con tanto movimiento, la gotita disfrutaba como si estuviese en una montaña rusa.
El pescador llevó su pesca al puerto. Y el bonito acabó dentro de una lata de conservas.
Una mamá compró la lata y su hijo se comió el bonito y la gota de agua en un suculento bocadillo. El niño pasó por el cuarto de baño antes de ir a dormir y la gota salió en forma de "pis".
Petra llegó a la alcantarilla, pasó por la depuradora y... ¡otra vez al río! ¡Qué bien se estaba allí! ¡Como calentaba el sol! Petra se sentía cada vez más ligera, más ligera, hasta que de nuevo se encontró en su nube.
El maravilloso viaje había terminado.

El hambre de Tragoncete



En lo más profundo de la montaña, vivían mamá Osa, papá Oso y sus dos oseznos.
Cada día solían alimentarse con nueces, castañas, peces que pescaban en un río cercano y algún que otro panal de rica miel.
A uno de los oseznos lo llamaban Trangoncete Porque era muy comilón y, comiese lo que comiese, siempre se quedaba con hambre.
Una mañana de otoño, Trangoncete se acercó a un nogal, miró hacia arriba y vio que las ramas estaban llenas de frutos. Se levantó sobre sus patas traseras y extendió los brazos. Ni aun así pudo alcanzarlos. Intentó trepar por el tronco del árbol, pero apenas subía un poco, se escurría de nuevo hacia el suelo.
En vista de que no llegaba a las nueces, empezó a mover con fuerza el tornco del nogal para que los frutos cayeran al suelo. Cayeron algunos que ya estaban maduros, y cuando terminó de comer, Trangoncete se marchó.
Al día siguiente, después de comerse unos cuantos peces del río, el oso se acordó de su postre favorito y volvió al nogal del que se había alimentado el día anterior.
Esta vez no lo dudó. Cuando se acabaron las nueces que estaban caídas por el suelo, volvió a mover con fuerza el tronco del nogal para que cayeran más frutos. Tanto lo movió que arrancó el árbol de cuajo y este cayó al suelo con gran estrépito.
Tragoncete se puso muy contento. Ahora tenía a su alcance todos los frutos del árbol. Pero como eran muchos, se comió los más maduros y dejó el resto para otra ocasión.
A los pocos días, Tragoncete y su familia fueron a visitar a unos parientes que vivían al otro lado de la montaña. En aquel lugar apenas había panales de abejas, ni castañas, y el río estaba tan sucio que tenía pocos peces.
Tragoncete se acordaba de su árbol y tenía ganas de volver a casa. Cuando por fin, al mes siguiente, volvieron a su territorio, el oso vio con tristeza que del hermoso árbol que él recordaba no quedaba nada. Solo había un tronco seco y desnudo en el suelo.
Entonces comprendió que para poder vivir y alimentarse es muy importante respetar y cuidar la naturaleza.
Y aquí acaba este cuento de pan y pimiento.

El niño que quería pensar


En una ciudad muy bulliciosa vivía un niño con sus abuelos.
El niño se llamaba Leví y le gustaba mucho leer y estudiar. Pero toda la gente que le conocía le llamaba taciturno, porque miraba mucho y hablaba poco.
Estaba encantado de vivir en una ciudad tan grande, porque en ella podía pasar desapercibido. Cuando salía a pasear con su abuelo por la Calle Mayor, le encantaba ver riadas de gente de todas clases, andar, correr, hablar, discutir, mirar escaparates y comportarse como verdaderos transeúntes urbanos.
Al ir a cruzar la calle, si el semáforo rojo de los coches se ponía verde, se detenían los dos, y de inmediato un rebaño motorizado invadía la calzada, llenándola de humo, de ruido, de flashes de colores de sus carrocerías, a veces de gritos y de insultos. Él se fijaba mucho en todo, fruncía el ceño y pensaba.
En la escuela le habían puesto un mote. Le llamaban "el niño dormido", porque aunque era amable si lo requería la ocasión, siempre se mostraba más bien retraído y tímido.
Él lo sabía, pero no le importaba si así podía mantener una cierta distancia de los corrillos y de las pandas. En absoluto era insociable, aunque a veces lo parecia. Cuando le pedían colaboración para algo, siempre estaba allí, y le gustaba jugar con su grupo de amigos y amigas.
En el segundo trimestre, toda la clase se fue a una granja escuela que había en un pueblo cerca de la ciudad. Allí, Leví se quedaba absorto antes las largas procesiones de las hormigas hacia sus hormigueros. Acercaba su oído a la tierra esperando escuchar algo y creía oír ruidos y hasta músicas.
Por esta razón, más de una vez había llegado tarde a la comida, y el monitor le decía:
- ¿Dónde has estado?, ¿qué has hecho?
Leví bajaba la cabeza y no decía nada.
El monitor insistía:
- ¿En qué estás pensando?
El niño no contestaba y se ponía a comer.
Por la tarde, varios compañeros le pidieron que les enseñara los hormigueros.
Se dirigieron hasta allí, y Julia, su mejor amiga, le preguntó:
- ¿Qué hacen ahí debajo?
- Están organizando sus graneros - dijo Leví.
Luego, para explicarles la vida de las hormigas, les dibujó sobre la tierra, con un palito, un plano de todas las galerías. Parecía que hubiera estado dentro de sus agujeros.
Un día, fueron de visita a su casa uns tíos y, mientras tomaban café en el salón, Leví se dirigió a su cuarto a terminar unas construcciones con su mecano.
Al rato, su tío le siguió.
- ¿Se puede saber que piensas?, ¿qué pasa por esta cabecita? - le preguntó.
Leví sonrió maliciosamente y siguió trabajando.
En las fiestas del barrio, Leví se presentó a un concurso de construcciones y, aunque había mucha competencia, ganó el primer premio.
Estaba muy contento y le dio un beso muy fuerte a su abuela, que lo abrazó para felicitarle.
Otro día, en clase, estaba sentado en su pupitre, con el codo apoyado en la mesa, aguantándose la cabeza con la mano y mirando al techo. La señorita le dijo:
- Leví, ¿en que piensas?
Rápidamente cogió el lápiz y siguió haciendo cuentas en el cuaderno.
Al final de curso, en el informe de matemáticas que acompañaba sus notas, se podía leer: "Es un alumno muy bueno para resolver problemas, puede encontrar varias soluciones y quedarse con la mejor".
Sus abuelos estaban muy contentos y decidieron hacerle un buen regalo. Leví quiso que le compraran el Atlas de los descubrimientos, y así lo hicieron.
De todas formas, su abuelita estaba preocupada por su nieto, y una tarde se sentó a su lado y le habló:
- Leví, hijo, sabes que estoy muy orgullosa de tí, pero tengo una duda. Todos me dicen: "tu nieto es muy callado, ¿qué crees que estará pensando?". Y no puedo responderles. ¡Me gustaría tanto poderlo hacer!
Se hizo un minuto de silencio que pareció una eternidad.
- Cariño, dime a mí qué piensas. ¿No crees que yo lo puedo saber? - insistió la abuela.
Leví sintió mucha ternura y un gran cariño por su abuela. Se levantó, se echó, en sus brazos y dijo:
- Claro que sí, abuelita: pienso pensamientos.

Una aventura de Simbad


Hace muchos años, tantos que casi no puedo acordarme, vivió un célebre marino llamado Simbad. A Simbad le gustaba mucho viajar. Viajaba continuamente, visitando países lejanos y misteriosos. Conocía lugares a los que nadie más que él había llegado.
En uno de esos viajes, regresaba con el barco cargado de mercancías. Estaba en la proa de la embarcación mirando el mar, cuando vio a lo lejos una pequeña isla que no aparecía en ningún mapa. Quiso explorarla y mandó a sus marineros que le prepararan una barca pequeña. Remando con fuerza, se acercó a ella.
Cuando bajó y creyó pisar tierra firme, la isla se movió. Entonces, comprobó que aquello no era una isla, sino una enorme ballena. La ballena dio un tremendo coletazo y el marinero cayó al mar. El coletazo también había roto la barca.
Observó que su navío estaba cada vez más lejos. Simbad nadó tras él, pero no pudo alcanzarlo. Siguió nadando y, al cabo de largas horas, llegó a una playa desierta. Agotado, se quedó dormido sobre la arena.
Un brusco movimiento le despertó. Con sorpresa, vio que volaba prisionero entre las garras de un enorme pajarraco.
El pájaro continuó volando sin soltar a su presa. Desde lo alto, Simbad divisó paisajes muy diferentes y hermosos: montañas enormes, valles verdes, desiertos amarillos... También sobrevoló ciudades muy grandes, e incluso llegó a ver los hielos permanentes que cubren los polos.
Simbad estaba maravillado. Sabía que la Tierra era extraordinaria, pero nunca había comprobado como en aquella ocasión.
Por fin, el enorme pájaro, cansado de colar, descendió a tierra. Con suavidad, depositó a Simbad en su nido. Aprovechando que el pájaro salió a buscar comida, el marino se escapó. y después de muchos días de agotadora marcha, llegó a un puerto donde le esperaban sus hombres con su barco.

Gulliver y los hombres-bola


Hace mucho tiempo vivió un médico llamado Gulliver.
A Gulliver le gustaba mucho viajar y descubrir países lejanos.
En uno de sus viajes llegó a una isla desconocida y bajó del barco para explorarla.
Estaba observando los árboles cuando vi venir rodando una enorme bola.
-¡Ay! -gritó la bola.
-¡Pero si es un hombre! -exclamó Gulliver.
El hombre-bola se había hecho daño y Gulliver se acercó para curarlo.
Entonces vio que del cuerpo redondo sobresalían una cabeza pequeña y unas piernas muy cortas. Tan cortas que no podían sostener aquel enorme cuerpo.
Mientras Gulliver curaba al extraño personaje, fueron llegando los demás habitantes del lugar.
Por supuesto, todos venían rodando y frenaban de la misma manera que el primero. También estaban llenos de heridas y magulladuras.
Ninguno era capaz de ponerse en pie y caminar dos pasos sin caerse de nuevo.
Después de curar las heridas de todos, Gulliver quiso volver a su barco, pero el jefe de los hombres-bola le dijo:
-No puedes irte.
-¿Soy vuestro prisionero? -preguntó el médico.
-No -contestó el jefe-. Te estamos muy agradecidos, pero te necesitamos tanto que no podemos dejarte marchar.
Entonces Gulliver comprendió que tendría que usar su sabiduría para ayudarles a caminar.
Primero, les enseño a hacer ejercicios de estiramiento de brazos y piernas. Después, hicieron carreras, saltos, lanzamientos de balón... y, además, les indicó la dieta que debían seguir para ser fuertes y ágiles.
Cuando Gulliver volvió a su barco, los habitantes de la isla se habían convertido en personas sanas y felices, y todos despidieron al gran médico con alegría y agradecimiento.